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Blog Singladura

TENEMOS UN SISTEMA EDUCATIVO OBSOLETO QUE NO RESPONDE A LAS NECESIDADES DEL SIGLO XXI

Hace unos días, después del tremendo éxito de nuestra entrevista a Chema Lázaro, numerosos docentes se ponían en contacto con nosotros a propósito de “establecer límites” a los niños; cómo educar sin sobreproteger. ¿Cómo hacer las cosas de la manera debida para educar a los niños? Por ello, nos pareció que contactar con Mar Romera sería de gran utilidad. Romera es maestra, licenciada en pedagogía y en psicopedagogía. Especialista en Inteligencia emocional es autora de diversos de libros dedicados a la escuela, la infancia y la didáctica activa. Además, y entre otras cosas, es colaboradora en formación permanente del profesorado en las diferentes comunidades autónomas de nuestro país junto con las diferentes Consejerías de educación. 

¿Cómo deberían actuar los padres para EDUCAR y no sobreproteger a los niños?

Yo creo que hay una máxima y es que los papás, con independencia del tipo de familia que se haya construido, tienen que comportarse como referente de los “peques”. Para comportarse como un referente nunca pueden estar en un plano de horizontalidad, sino que tenemos que estar en un plano de verticalidad; y en ese plano de verticalidad podemos coger dos roles diferenciados, muy diferentes: por un parte autoridad propiamente dicha, donde no existe ni direccionalidad comunicativa o por otra parte sobreprotección absoluta donde tampoco existe bidireccionalidad comunicativa. Ninguno de los dos roles, desde mi punto de vista, serían los adecuados. Para mí el adecuado sería -por supuesto- verticalidad del referente en relación al educando, pero siempre desde la escucha que permite provocar la autonomía en el más pequeño. Y no es sólo una autonomía física, de gestión; sino que yo hablaría del paso de la heteronomía moral hacia la autonomía moral en la conquista -en general- de la autonomía global. Esto creo que los más pequeños pueden hacerlo a través del juego. Por tanto creo que la clave en cómo educar es ir otorgando -desde los límites comprensivos y amorosos-, “soltando amarras”, para que los más pequeños puedan encontrar sus propios límites y puedan construir su propio autocontexto. En ocasiones el miedo nos lleva a la sobreprotección, y la sobreprotección  siempre inutiliza a los más pequeños.

¿Hay alguna línea, límite entre educar y proteger?

Para mí, educar es un acto de amor, un amor incondicional; pero amar es dar permiso, es permitir que la cometa vaya volando poco a poco mientras tú vas soltando hilo despacio. Lo que no podemos hacer es no haber dejado que la cometa salga, no soltar hilo y, de repente, un día dejar volar esa cometa con todo el hilo del mundo y en medio de un huracán. Eso es imposible. Es difícil graduar cómo tenemos que ir soltando amarras poco a poco. Repito: educar es un acto de amor y, por tanto, un acto de generosidad. Pero un acto de generosidad para permitir que el otro (el niño) sea quien es, no quien yo quiero que sea. Por otra parte tenemos miedo, claro que tenemos miedo porque el cerebro del ser humano es tan absolutamente maravilloso que es capaz de imaginarse con la imaginación. Y los medios de comunicación, las situaciones sociales, nos venden un contexto inseguro. Pero no es verdad. Nunca a lo largo de toda la historia hemos vivido una etapa de tanta seguridad como ahora. El problema es que cuántas veces escuchamos la misma noticia de “El Chicle” o de tal o de cual crimen o acto violento….lo escuchamos miles de veces. Nuestro cerebro las recoge cada vez como si estuviéramos llenos de circunstancias realmente inseguras. Si nosotros miramos las estadísticas, más del 90% de las circunstancias horrorosas que suceden a los menores resulta que suceden dentro del seno familiar, por personas cercanas y conocidas; y, sin embargo, no sacamos a todos los niños de sus casas y sus hogares. ¿Qué sucede? En parte se nos manipula con la información desde los medios. Y es verdad que no pasan cosas agradables, claro que sí, pero  también es verdad que no son tantas como nuestro cerebro piensa que son. En realidad son muy pocas; y -también es verdad- no les permitimos construir su propia autonomía poco a poco: los papás llevan a sus hijos de la mano en primaria y, un día, cuando saltan a secundaria, esos niños ya no van de la mano, van solos y éstos -además- empiezan a salir por la noche. Los padres piensan que esto es imposible y que todo debe construirse de manera gradual, pero nunca de golpe. ¿Qué sucede con esos pequeños sobreprotegidos que de pronto salen a la noche? Sucede que se emborrachan, que mantienen relaciones de manera desorbitada, que no controlan lo que sucede a su alrededor. ¿Por qué? Porque no ha habido conquista, ha habido imposición de los grupos de iguales. Si los papás confían en sus hijos, conocen cómo han ido creciendo y han construido pilares de responsabilidad dentro de una escala de valores, lo normal es que a ese niño nunca le suceda nada,  “todos podemos tener un accidente con el coche”. Sería algo tremendamente excepcional que a un niño educado bajo dichos pilares le pueda pasar algo. ¿Estamos rodeados de una inseguridad tremenda? No. Hechos tan desgraciados como el asesinato de Diana Quer sucede en contadísimas ocasiones

A  tenor de hechos donde los padres asesinan a sus propios hijos, podemos afirmar que no estamos en un momento de lucidez social; las personas andamos bastante desquiciadas (en todos los sentidos) y -evidentemente- hay un porcentaje dentro de la sociedad que encerramos en nuestros genes alteraciones psicológicas o incluso psiquiátricas. Pero por otra parte, la única cuestión que sucede es que no lo sabíamos, que los medios de comunicación no daban tanta información a través de prensa generalista. Si tiramos de referencias históricas, recordemos la polémica en torno a una prensa como fue “El Caso

¿Qué aspectos/tareas debería erradicarse de los colegios para fomentar más las emociones?

Hoy los adultos vivimos en una situación de angustia y de estrés porque existe una enorme incertidumbre. ¿Tenemos claro en qué vamos a trabajar dentro de 5 años? ¿Cuál será nuestro sueldo? ¿Tendremos asegurada la jubilación? ¿Sabemos quién nos va a gobernar dentro de 3 meses? No sabemos tantas cosas, vivimos en una situación de una gran incertidumbre y en una sociedad líquida, volátil. Estas inseguridades que vivimos los adultos se traslada a la escuela, en el sistema educativo. Un sistema educativo que es obsoleto, que no responde a las necesidades del siglo XXI y un sistema  que está absolutamente perdido. Hay que tener en cuenta que muchos de los niños que se eduquen con este sistema educativo serán ciudadanos del siglo XXII (si el planeta no se desintegra). Serán personas del 2100. Si -como sociedad- somos incapaces los adultos de entender cuál ha sido la evolución de las últimas dos décadas, imagínate cómo vamos a entender la evolución de las 3 siguientes décadas. ¿Qué le pedimos a nuestro hijos, hoy, ante la inseguridad? Hoy los papás estarán esperando que llegue el día de las notas y les preguntaremos a nuestros hijos por qué en una asignatura ha sacado un notable si llevaba el examen realmente bien preparado. ¿Qué nivel de satisfacción puede tener hoy un niño de cara a vivir la escuela si la escuela es un lugar que la está clasificando, que la está estructurando, que la está potenciando la competitividad más absoluta que podemos imaginar. Estamos pidiendo al sistema educativo que los prepare para ser creativos, que sepan idiomas, para 200.000 cosas más. Evidentemente viven bajo presión, y posiblemente con mucha más presión que muchos adultos. Esto lo explica muy bien la neurociencia, afirmando que no están (los niños) preparados para ello.

¿Hasta qué punto en ciertos casos se proyectan anhelos/frustraciones de los padres en los niños (que estudie piano, que sepa dos idiomas, que juegue al baloncesto) ¿Cómo evitar esta situación?

La clave  de todo esto está en entender por qué lo hacemos. ¿Por qué es tan maravilloso tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol? Porque es la gran evidencia de nuestra trascendencia. Lo que hago yo hoy tiene una trascendencia para el futuro, para mañana. Esta trascendencia se evidenciaba en el cielo o el infierno, ganas puntos o pierdes puntos, simplificando mucho… En la actualidad, para muchas personas la trascendencia como sujeto, como persona, que pasa por el Planeta Tierra es el siguiente planteamiento: “yo me voy a morir pero dejo dos hijos, unos libros, un legado, como prueba de que he hecho algo, para el momento en que yo desaparezco. Y este “algo que yo dejo” me gustaría que fuera la percepción; y esa percepción está asociada a lo que yo no he conseguido conmigo misma. Si yo no he conseguido ser buena música, si no he podido tener tal bicicleta o no he podido viajar, ¿qué hago? Pues como yo no he podido hacerlo quiero que mi legado (mis hijos) sí lo hagan. Cuando entendemos este punto de partida nos conocemos a nosotros mismos, nos respetamos y amamos; y tenemos la oportunidad para dejar que “el otro sea él y deje de ser yo”. Y a partir de ahí les dejamos que sean la mejor versión de ellos mismos. El razonamiento es simple: “Yo quiero dejar lo mejor de mí aquí para que mi vida haya merecido realmente la pena; y como lo mejor de mí es mi hijo, quiero que sea la mejor versión posible; y la mejor versión es la que yo no he podido ser”. El adulto tiene la obligación de permitir a los más pequeños que puedan encontrar su juguete preferido, que puedan encontrar su mejor versión. Ferrer Guardia decía: “el único camino es construir la felicidad, porque la felicidad se construye cada día, es permitir que cada persona pueda hacer aquello con lo que cada persona se siente mejor y tiene la opción de ser el mejor”. Por tanto, facilitar a los niños la música (por poner un ejemplo) está muy guay; pero si su fortaleza está en el deporte, en la mecánica o en la pintura, evidentemente no están creados para ser a nuestra imagen y semejanza, sino a la de los padres. Los niños no necesitan que los padres construyan en sus hijos unos robots (porque, entre otras cosas, ya estamos en esa era); necesitamos buscar la trascendencia, incluso me atrevería a decir la espiritualidad -y no estoy hablando de religión, en ningún momento-, pero sí estoy hablando de la esencia del ser humano, de la lucha de satisfacción, de la pelea diaria que lleva a aprender de nuestros fracasos,a empezar de nuevo, a ponernos objetivos; a no dejar tareas sin terminar…Este tipo de habilidades que son únicas y excepcionales del ser humano entiendo que son las que hay que trabajar

Como experta en emociones, ¿por qué es importante -y necesario- que los niños vivan y sientan todo tipo de emociones?

Porque la  excelencia emocional del ser humano -desde mi punto de vista-  vendría de la mano de saber elegir la emoción oportuna, en el momento oportuno, con la intensidad oportuna y con la persona correcta.  En definitiva esto es una definición de Aristóteles, no me estoy inventado nada. Para poder elegir tengo que conocer, porque si yo quiero ir esta tarde al cine tendré que saber la cartelera, el género de la película; tendré que conocer quiénes son los actores, directores, saber el argumento; en caso contrario, no puedo elegir. y -de hacerlo- lo haría a ciegas. ¿Cómo construyo yo mi excelencia emocional?  Hay que entrenar poco a poco ese autoconcepto, y en el ser humano es inherente a la emoción. La emoción no es cultural, es química, es neurobiológica. Y, como tal, forma parte de todos los seres humanos porque las emociones son respuestas adaptativas. Cuanto mejor las conozca, mejor las podré regular y mejor podré elegir. No hay emociones buenas o malas, pero sí son todas necesarias. El “tema” es utilizar la emoción oportuna en el momento oportuno; y evidentemente esto es lo que nos ayuda a crecer.

¿Cómo de buenas son emociones como la ira o la tristeza?

La ira es la emoción que me permite enfrentar obstáculos ante una meta; pero claro, fuera de lugar, no tiene ningún sentido. La plataforma de acción de la ira es el ataque; y el ataque no tiene por qué ser agresivo. Cuando tú te planteas montar una torre y ésta se cae, si no sale algo de ira, de enfado, que te recarga de energía de nuevo para hacer de nuevo la torre, difícilmente vas a poder superar los obstáculos que te puedas encontrar en la vida. El ser humano no debe dejarse pisar y esto no significa atacar, sino colocar tu posición. Por otra parte hay que tener en cuenta que para salir de la tristeza es necesario estar en el enfado. Fíjate hasta qué punto es necesario el enfado y la ira que reconstituye al ser humano de la tristeza. De la tristeza no se puede pasar a la alegría: primero tienes que enfadarte con la situación para sacar la energía suficiente que te ayuda a dar los primeros pasos y salir de donde estás. ¿Y por qué es necesaria la tristeza? Por que el ser humano durante toda su trayectoria tiene que vivir muchas sensaciones de pérdida, y la pérdida hay que vivirla desde la tristeza y después poder superarla. Si no seríamos psicópatas.

Por cierto, y al hilo de la fatídica y reciente noticia de la niña cántabra que presuntamente acabó con su vida, con tan sólo 14 años; puede que por acoso escolar, ¿qué sucede hoy con los niños para que con tema del acoso escolar adopten decisiones tan drásticas como quitarse la vida?

Disponer de unos referentes sólidos en casa, unos papás que te quieran, que el niño pueda aprender de ellos día a día y que te den amor es clave para que los niños no lleguen al suicidio. Esto significa que acoso ha existido siempre, siempre ha habido déspotas, niños con muchas dificultades y desarriago emocional. El acosador necesita tanta o más ayuda que el acosado. Y esto también es una cosa importante que hay que tener en cuenta, ¿qué estamos haciendo con estos chicos (los acosadores)?. Pero cuál es la diferencia: en ocasiones hay familias, hay circunstancias sociales, realidades que no preparan emocionalmente a los chicos para enfrentarse a dificultades con las que se van a encontrar. Es por eso que en esa debilidad emocional en la que nos encontramos, una subida brutal del índice de suicidios, nos encontramos con situaciones muy desgarradoras con ludopatías, consumo de cannabis, relaciones sexuales absolutamente descontroladas en edades muy tempranas. Esto sucede porque ese proceso de construcción de autonomía al que nos referimos anteriormente y de autoconcepto, lo estamos haciendo en “un disco duro externo”, y no se puede hacer de un día para otro: tenemos que dejar que el niño se caiga, estar ahí, acompañarle . Y en la actualidad vivimos de una manera muy rápida, casi en un mundo virtual y esto no se construye de manera real. Decirle a nuestra hijo cuándo tiene que salir, cómo tiene que hacerlo, no sirve…hay que dejarla que salga, dejar que ande, dejar que haga. Evidentemente no es fácil en la situación actual en la que vivimos. Los grupos sociales de iguales son tremendamente importantes, pero en la actualidad no los tenemos: no hay arraigo social, no hay juegos en la calle, no tenemos grupos de vecinos…Los únicos grupos de iguales que se les proponen a los peques son el grupo “clase”. Y el grupo clase es el peor grupo de iguales del mundo, cuyo único criterio ha sido la edad cronológica… Pero ¿estamos locos? Yo (el niño) tengo que aprender de mi hermano mayor, del primo que me empuja; porque desde la diferencia compleja y completa es donde voy construyendo mi propia identidad

En tus discursos hablas de una mayor atención de los padres y menos extraescolares. Teniendo en cuenta la situación laboral de las familias y cierta precariedad, ¿no estimas que sería más necesario extraescolares con padres?

No. Yo apelo a la Convención Internacional de los Derechos de los niños, y donde España es país firmante. El artículo 31 dice que “los niños y niñas tienen derecho al juego, el ocio y el tiempo libre”. Hablamos de una norma que está en el mismo rango que la Constitución y la hemos firmado; y entre otras cosas porque es una necesidad de crecimiento. No puede haber conquista de la autonomía en la infancia si no hay juego. Las extraescolares no son juego, son escuela. Y en la escuela no se juega. La escuela puede ser divertida, increíble, creativa, maravillosa; pero no se juega. El niño necesita jugar y tiene que jugar solo, sin adultos que lo vigilen, sin normas. Necesita esconderse, tener espacio para ir  trasgrediendo los límites muy poco a poco hasta que ese juego le permita -desde los procesos de simbolización y conquista del medio en el que se mueve- ir haciendo una conquista de su propia autonomía siempre desde la prudencia. Toda esa estructura, en un sistema donde los horarios de escolarización de un niño supera con creces las 10 horas es imposible. Por tanto no se trata de decir “tu peque tiene que jugar” y cuando llegues a casa a las 9 de la noche debas jugar con él. No. Eso es ridículo. El niño tiene que jugar en la calle, con sus iguales, porque entonces no construye, no conquista, no negocia…y eso es una necesidad absoluta. Lo que los niños necesitan es que los adultos los dejemos en paz y jueguen entre ellos.

 ¿Por qué los padres somos tan obstinados que no dejamos que nuestros hijos se equivoquen? 

Porque evidencian sus debilidades. Porque si yo voy con mi hija a un lugar, y ella lo hace mal, el juicio es para mí (para el padre/madre); porque si mi hijo suspende, yo estoy fracasando, porque mi hijo es mi proyección.

He entrevistado a colegas tuyo que trabajan en CRAS (Colegio rurales agrupados) y he observado que los niños que viven en entornos rurales, inmersos en plena naturaleza tienen algo distinto que los niños de ciudad. según tu opinión, ¿hasta qué punto el lugar de residencia influye en la educación , los sentimientos, las emociones?

Me parecen maravillosos estos coles y creo que deberían ser el modelo. En ese tipo de coles, como tengan un maestro que -además de ser buen profesional- fuese una buena persona, yo te firmaría ese modelo educativo para toda España de manera general. Es el mejor porque existe la convivencia entre iguales diferentes, porque existe la posibilidad de la ruptura de la velocidad de la asignatura y porque, para mí, la clave ahora mismo está en crear grupos heterogéneos  que se retroalimenten entre ellos y aprendan de la diversidad; mientras que la escuela que tenemos es una escuela mecanicista que se inventó a renglón seguido de la revolución industrial, para que los grupos aprendieran a poner tornillos a la misma hora, en el mismo lugar. Y esta no es la escuela que necesitamos. Lo que necesitamos son buenos maestros, algo de lo que adolece el actual sistema educativo: no tenemos profesores ni bien preparados profesionalmente ni buenas personas. Serían dos condiciones imprescindibles.

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